13.4.10

La vida de los otros

Grabando mis famosos vídeos del invierno (sí, ya sé que estoy muy pesado con ellos, pero aquí no es spam, sólo una referencia) me encontré con algo que no tenía del todo previsto. Si trataba de grabar lo que veía, lo que me rodeaba, me encontraba con un pequeño problema: las personas a las que grababa no tenían inconveniente en que yo las viera pero… sí en que las grabara y en que colgara el vídeo en Internet. No en todos los casos, claro: había gente encantada de actuar ante la cámara. Sin embargo, muchas otras pedían que no se colgara ninguna imagen suya, aunque sus acciones o palabras fueran absolutamente inocentes.

Por supuesto, tenían todo el derecho a decidir si querían aparecer en una página web y así lo respeté, no colgando vídeos sin autorización (bueno, alguna vez le eché un poquillo de cara, lo admito. Siempre, o casi siempre, me pillaron).

Aún reconociendo que lo que me pedían era puro sentido común, cada vez que alguien solicitaba que no colgara cierto vídeo, algo en mí se revolvía. ¿No eran cosas que yo había visto, no es la cámara una prolongación del ojo, no eran cosas que me habían sucedido a mí? Si podía contárselas a los amigos o, incluso, escribir sobre esas cosas, ¿por qué no podía…colgarlas en Internet?

En el caso de los vídeos parece evidente que las personas tienen un derecho sobre su imagen y que ésta sólo puede ser difundida con su autorización (aunque tengo dudas, por ejemplo, cuando estas grabaciones son en espacios públicos, calles, grabaciones de cámaras de seguridad, etc.)

Sin embargo, hay otros casos en los que las cosas no están tan claras.

En nuestra vida nos cruzamos con mucha gente. Con un poco de memoria, somos capaces de recordar cientos de historias reales. Algunas nos las ha contado esa gente, otras las hemos vivido directamente. No hace falta que nadie nos contara lo de esa tía loca que sólo alcanzaba el orgasmo con el programa de Sánchez Dragó de fondo, eso nos pasó (¿por qué creéis que guardo siete DVDs originales de “Negro sobre blanco” entre mis posesiones más preciadas?)

Por cierto, las historias que molan a veces son grandes ejemplos de superación personal. Pero, por lo general, las que molan de verdad son las otras, las de hundimiento personal. La de la abuela sacando adelante sola a cinco niñas en los duros tiempos de la posguerra puede molar. Pero yo diría que a casi todos nos interesa más la historia del abuelo ludópata que se jugó la casa a las cartas y luego abandonó a la familia, sí, a las cinco niñas..

El problema es que nosotros no somos fontaneros. No somos tipos que escuchen historias y las olviden. O las cuenten sólo a tres compañeros de trabajo o a la mujer, al volver a casa. Nosotros somos guionistas y, aunque tiramos a la basura el noventa por ciento de las historias que escuchamos, solemos pensar que con el diez por ciento restante podríamos hacer una trama memorable.

Porque muchas historias reales son un coñazo. Otras, son tan extraordinarias que nadie las creería en un guión. Pero otras refulgen con una autenticidad y complejidad que, en muchos casos, seríamos incapaces de inventar.

Hace unos años, un director que me gusta mucho, el francés Arnaud Desplechin, salía con una actriz, la protagonista de unas cuantas de sus primeras películas. Aquí tenéis a la atractiva y elegante Marianne Denicourt.

Un tiempo mas tarde dejaron de ser pareja.

En 2004, Desplechin estrenó una peli desmesurada, divertida y emocionante llamada “Reyes y reina”. Uno de los personajes principales era Nora, una mujer que había quedado viuda muy pronto en su vida, su primer marido se suicidó, dejándola sola con un hijo. Ahora, cuando estaba a punto de casarse de nuevo, su padre enfermaba y ella se veía obligada a cuidarle hasta su muerte por cáncer. Pese a ello, el padre guarda un profundo rencor por su hija. Nora lo descubre leyendo una durísima carta. Es ésta (sólo he podido encontrarla en francés, sorry).



El padre acaba dirigiendo a su hija frases tan contundentes como “Te odio” o “No soporto que me sobrevivas”.

Bien, como alguno de vosotros habrá deducido, la ex novia de Desplechin se vio retratada en el personaje de Nora (aquí podéis ver unas cuantas secuencias de este personaje, en YouTube). Un ex novio suyo también se había suicidado. También ella atendió a su padre, que murió de cáncer. Denicourt decidió pasar al ataque. Al año siguiente del estreno de la película, Denicourt, publicó un libro titulado “Mal genio” sobre un director de cine llamado Arnold Duplancher, que utilizaba la vida de sus allegados para satisfacer su sed de historias. No, no era un retrato demasiado favorecedor, como imagináis.

Pero lo más interesante es que al año siguiente, Denicourt presentó una demanda contra Desplechin, pidiéndole 200.000 euros en concepto de daños y perjuicios por haber utilizado hechos de su vida privada para el guión de “Reyes y reina”.

El tribunal decidió finalmente absolver a Desplechin, pero lo hizo teniendo en cuenta, sobre todo, las numerosas diferencias entre el personaje de ficción y la demandante.

¿Qué hubiera ocurrido si Desplechin hubiera introducido menos cambios entre su trama y la historia real? ¿O si el tribunal hubiera sido más favorable a la demandante? ¿Hasta qué punto podemos utilizar las cosas que hemos visto, las frases que nos han dirigido o las historias que hemos escuchado? ¿Qué es nuestra vida y qué parte de esta podemos contar? ¿Sólo aquella que no se solapa con la de los demás? ¿Podemos contar únicamente historias positivas sobre quienes nos rodean ya que, si no, nos negarán la autorización para utilizarlas? ¿Cuánto maquillaje debemos usar para evitar una demanda como la de Marianne?

O, visto desde el otro punto de vista, ¿salir (o peor, haber salido) con un guionista tiene el riesgo añadido de ver tus peores defectos imitados por una actriz a la que no conoces en una serie de máxima audiencia? ¿Es éste un riesgo que toda pareja, amigo o compañero de trabajo que tengamos debe asumir?

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2 Comments:

Blogger Zero Neuronas said...

Al hilo de esto, en la segunda temporada de Los Soprano hay un capítulo en que Chris Montisanti cuenta una anécdota a Jon Favreau (guionista que hace de sí mismo) sobre un amigo suyo que echó ácido a una tipa tras descubrir que era un travesti. Y dice que es un secreto, pues ese amigo suyo se enfadaría mucho si se enteran de que ha contado la historia.
Poco después, Chris descubre que el guionista ha usado la historia tal cual para su próximo guión, y monta en cólera. Ahí sí está claro el por qué: si ese guión se rueda, el amigo de Chris podrá atar cabos sobre quién se ha ido de la lengua y ya sabemos que entre los amigos de Chris Montisanti tirar de pistola no es algo extraño.

Pero por suerte, nuestros amigos no son como los de Chris.

4:29 p. m.  
Blogger Rino Segah said...

Decidir cuál historia contar y cuál no, es una tarea que el criterio del escritor debe resolver. El riesgo de que determinada persona se sienta ofendida, lo tenemos que tomar como un gaje del oficio. Nos inspiramos en historias propias o ajenas, estamos llenas de ellas y es lógico que se reflejen en nuestras líneas. Sin embargo, el escritor no debe de olvidar la ética de su profesión y hacer una valoración antes de tomar la pluma; si después de eso quiere continuar, es que realmente esa historia es digna de ser contada, aún con todas las posibles consecuencias.

1:29 a. m.  

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